lunes, 18 de marzo de 2013

Pablo Neruda y Fedrico García Lorca, dos bromistas geniales al alimón




Toreo al alimón

Hablando hoy sobre los viejos empresarios del mundo editorial y periodístico en el antiguo Buenos Aires, me acordé de Botana. Y por esas relaciones del pensamiento, en que un recuerdo lleva al otro, recordé una anécdota de las tantas del chileno Neruda.

Natalio Botana era nacionalizado argentino, y un “self-made” periodista, que en 1913 fundó, cuando solo tenía 25 años, un mito de proporciones insólitas, al menos para la época: el diario Crítica, que llegó a vender más de trescientos mil ejemplares por día.

Se acordaba Pablo Neruda en sus memorias -“Confieso que he vivido”- de uno de sus muchos encuentros amorosos; uno que ocurrió en Buenos Aires, en la fastuosa casa de Natalio Botana. Acompañaba a Neruda el poeta español Federico García Lorca. La mujer era “alta, rubia y vaporosa, que dirigió sus ojos más a mí que a Federico durante la comida”.
Y vuelve Neruda a hablar del anfitrión de la noche del encuentro amoroso: Botana, que era rico, como puede serlo un rico argentino, dice Pablo en sus memorias. Botana brillaba por ser un pionero en todos los géneros, fue el primero en incorporar a la diagramación del diario grandes fotos y dibujos; fue el primero también en ponerles un epígrafe; y también el primero en incluir en el periódico un suplemento deportivo, crear secciones especializadas, imprimir a todo color, agregarle una revista a la edición, mandar periodistas al interior del país o hasta el exterior en giras, denunciar los hechos de corrupción y anunciar las noticias disparando una sirena desde la azotea del edificio que construyó a la medida exacta de sus mega-sueños en plena Avenida de Mayo.
Allí, en su edificio de siete pisos, Botana tenía su propia rotativa, un gimnasio, un bar y hasta la peluquería de uso exclusivo de su personal.
Botana creó el primer proyecto multimedios de toda América Latina, juntando en una sola empresa todos los recursos tecnológicos de aquel momento: la prensa, radio, el noticioso cinematográfico y una productora de cine. Una audacia empresarial que empequeñece los modernos emprendimientos de hoy, ya que tenía una incomparable ventaja: toda la empresa dependía de un único dueño.
“Se trataba de un hombre rebelde y autodidacta que había hecho una fortuna fabulosa com un periódico sensacionalista”, escribe Pablo Neruda en su autobiografía. “Su casa, rodeada por un inmenso parque, era la encarnación de los sueños de un vibrante nuevo rico. Centenares de jaulas de faisanes de todos los colores y de todos los países orillaban el camino. La biblioteca estaba cubierta sólo de libros antiquísimos que compraba por cable en las subastas de bibliógrafos europeos, y además era extensa y estaba repleta. Pero lo más espectacular era que el piso de esta enorme sala de lectura se revestía totalmente con pieles de pantera cosidas unas a otras hasta formar un solo y gigantesco tapiz. Supe que el hombre tenía agentes en Africa, en Asia y en el Amazonas, destinados exclusivamente a recolectar pellejos de leopardos, ozelotes, gatos fenomenales, cuyos lunares estaban ahora brillando bajo mis pies en la fastuosa biblioteca. Así eran las cosas en la casa del famoso Natalio Botana, capitalista poderoso, dominador de la opinión pública en Buenos Aires”, sigue contando el poeta chileno, y ya entra en el tema de su nueva conquista: “Federico y yo nos sentamos a la mesa cerca del dueño de casa y frente a una poetisa alta, rubia y vaporosa, que dirigió sus ojos verdes más a mí que a Federico durante la comida”. Natalio Botana, como bien lo describe Neruda, era en aquellos años el amo y señor de la opinión pública argentina, algo que se repetiría en el futuro con otros nombres y otros intereses, seguramente menos folclóricos que los del anfitrión de los poetas en aquella noche de anécdotas.

Estaban entonces Pablo Neruda y su recién conquistada rubia, junto con el andaluz Federico García Lorca en el palacio particular de Botana. Luego de comer, sigilosamente, subieron los tres a la torre de la mansión. En lo alto del mirador, el chileno tomó románticamente a la poetisa entre sus brazos y empezó, sin demasiada ceremonia, a sacarle el vestido, ante la mirada curiosa, infantilmente divertida, de Federico G. Lorca.

Pablo Neruda lo mandó a Federico a que se pusiera de guardia en la escalera, y que le avisara, si acaso alguien subiera.
“—¡Largo de aquí! ¡Ándate y cuida de que no suba nadie por la escalera! —le grite” cuenta Neruda.
Y Federico corrió entusiasta a cumplir con la orden del don juan chileno, pero con tal apresuramiento que no pudo evitar caerse, rodando escaleras abajo. Neruda y su amiga debieron interrumpir los arrobos apasionados para ayudarlo al torpe de Federico, que se había lastimado una pierna y andaría rengueando durante unos buenos quince días.

Pero esta no fue la única chiquilinada perpetrada por los dos poetas: es que en 1933, Pablo Neruda había sido enviado al consulado de Chile en Buenos Aires, y allí empieza a conocer la fama internacional de su poesía. Y también conocerá a algunos destacados escritores argentinos. Pero el encuentro que fue más importante para el chileno, como cuenta Rodríguez Monegal en su “Neruda: El viajero inmóvil”, ocurre un día de octubre de ese año, cuando le presentan a Federico García Lorca, de paso por el Río de la Plata para el estreno de su “Bodas de sangre” por Lola Membrives.
La alegria natural de García Lorca, y el espíritu juguetón de Neruda convergieron entonces para dar un brillo de oro a la poesía hispánica del triste siglo XX, porque la personalidad avasalladora de Federico, que era seis años mayor que Neruda, y ya famosísimo, y la calidad recién alumbrada de Neruda se reconocen a primera vista, y se funden en una amistad que crea un puente perdurable entre las dos orillas de la nueva poesía en lengua española.
Para aprovechar mejor el encuentro , el PEN Club argentino organiza un homenaje a los dos poetas y ambos agradecen con un discurso en colaboración, llamado “al alimón”, sobre Rubén Darío, considerado el padre americano de la lírica hispánica del siglo.

Más tarde, Neruda recordaría con gracia la confusión de los asistentes al banquete al ver que, cada uno en una punta de la mesa, se levantaban García Lorca y Neruda, recitando alternadamente, lo que llevaba a los amigos a llamarlos para que pararan de discursar, pensando que uno estaba interrumpiendo el habla del otro, cuando en realidad se trataba de una travesura literaria más del brillante par de amigos:

(por Javier Villanueva, São Paulo, marzo de 2013)


Discurso al alimón para Rubén Darío por Federico García Lorca y Pablo Neruda

Neruda:
Señoras...
Lorca:
y señores: Existe en la fiesta de los toros una suerte llamada "toreo al alimón" en que dos toreros hurtan su cuerpo al toro cogidos de la misma capa.
N.:
Federico y yo, amarrados por un alambre eléctrico, vamos a parear y a responder esta recepción muy decisiva.
L.:
Es costumbre en estas reuniones que los poetas muestren su palabra viva, plata o madera, y saluden con su voz propia a sus compañeros y amigos.
N.:
Pero nosotros vamos a establecer entre vosotros un muerto, un comensal viudo, oscuro en las tinieblas de una muerte más grande que otras muertes, viudo de la vida, de quien fuera en su hora marido deslumbrante. Nos vamos a esconder bajo su sombra ardiendo, vamos a repetir su nombre hasta que su poder salte del olvido.
L.:
Nosotros vamos, después de enviar nuestro abrazo con ternura de pingüino al delicado poeta Amado Villar, vamos a lanzar un gran hombre sobre el mantel, en la seguridad de que se han de romper las copas, han de saltar los tenedores, buscando el ojo que ellos ansían y un golpe de mar ha de manchar los manteles. Nosotros vamos a nombrar al poeta de América y de España: Rubén...
N.:
Darío.Porque, señoras...
L.:
y señores...
N.:
¿Dónde está, en Buenos Aires, la plaza de Rubén, Daríó?
L.:
¿Dónde está la estatua de Rubén Darío?
N.:
El amaba los parques. ¿Dónde está el parque Rubén Darío?
L.:
¿Dónde está la tienda de rosas de Rubén Darío?
N.:
¿Dónde esta el manzano y las manzanas de Rubén Darío?
L.:
¿Dónde está la mano cortada de Rubén Darío?
N.:
¿Dónde está el acento la resina, el cisne de Rubén Darío?
L.:
Rubén Darío duerme en su "Nicaragua natal" bajo su espantoso león de marmolina,  como esos leones que los ricos ponen en los portales de sus casas.
N.:
Un león de botica, a él, fundador de leones, un león sin estrellas a quien dedicaba estrellas.
L.:
Dio el rumor de la selva con un adjetivo, y como fray Luis de Granada, jefe de idioma, hizo signos estelares con el limón, y la pata de ciervo, y los moluscos llenos de terror e infinito: nos puso al mar con fragatas y sombras en las niñas de nuestros ojos y construyó un enorme paseo de Gin sobre la tarde más gris que ha tenido el cielo, y saludó de tú a tú el ábrego oscuro, todo pecho, como un poeta romántico, y puso la mano sobre el capitel corintio con una duda irónica y triste, de todas las épocas.
N.:
Merece su nombre rojo recordarlo en sus direcciones esenciales con sus terribles dolores del corazón, su incertidumbre incandescente, su descenso a los hospitales del infierno, su subida a los castillos de la fama, sus atributos de poeta grande, desde entonces y para siempre e imprescindible.
L.:
Como poeta español enseñó en España a los viejos maestros y a los niños, con un sentido de universalidad y de generosidad que hace falta en los poetas actuales. Enseñó a Valle Inclán y a Juan Ramón Jiménez, y a los hermanos Machado, y su voz fue agua y salitre, en el surco del venerable idioma. Desde Rodrigo Caro a los Argensolas o don Juan Arguijo no había tenido el español fiestas de palabras, choques de consonantes, luces y forma como en Rubén Darío. Desde el paisaje de Velázquez y la hoguera de Goya y desde la melancolía de Quevedo al culto color manzana de las payesas mallorquinas, Daríó paseó la tierra de España como su propia tierra.
N.:
Lo trajo a Chile una marea, el mar caliente del Norte, y lo dejó allí el mar, abandonado en costa dura y dentada, y el océano lo golpeaba con espumas y campanas, y el viento negro de Valparaíso lo llenaba de sal sonora. Hagamos esta noche su estatua con el aire, atravesada por el humo y la voz y por las circunstancias, y por la vida, como ésta su poética magnífica, atravesada por sueños y sonidos.
L.:
Pero sobre esta estatua de aire yo quiero poner su sangre como un ramo de coral, agitado por la marea, sus nervios idénticos a la fotografía de un grupo de rayos, su cabeza de minotauro, donde la nieve gongorina es pintada por un vuelo de colibrís, sus ojos vagos y ausentes de millonario de lágrimas, y también sus defectos. Las estanterías comidas ya por los jaramagos, donde suenan vacíos de flauta, las botellas de coñac de su dramática embriaguez, y su mal gusto encantador, y sus ripios descarados que llenan de humanidad la muchedumbre de sus versos. Fuera de normas, formas y escuelas queda en pie la fecunda substancia de su gran poesía.
N.:
Federico García Lorca, español, y yo, chileno, declinamos la responsabilidad de esta noche de camaradas, hacia esa gran sombra que cantó más altamente que nosotros, y saludó con voz inusitada a la tierra argentina que pisamos.
L.:
Pablo Neruda, chileno, y yo, español, coincidimos en el idioma y en el gran poeta, nicaragüense, argentino, chileno y español, Rubén Darío.
N.: y L.:
Por cuyo homenaje y gloria levantamos nuestro vaso.
(Publicado en El Sol, Madrid, 1934)

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